Compañeros inseparables

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Compañeros inseparables

Por Tatiana Cardona López
Docente EAM

Cuando tenía 12 años, mi madre nos dio una sorpresa que mi hermana y yo recibimos con total alegría y, tal vez sin darse cuenta o con total conciencia de ello, nos enseñó con ese regalo el amor y el respeto que debemos tener por nuestros animales de compañía. La bolita de pelo blanco en cuestión, recibió por nombre Lanitas, la opción ganadora después de una lluvia de ideas producto de una reunión familiar y que vino de boca de mi primo Felipe. Fueron casi 15 años de juegos, paseos, ladridos y cariño en los que asumí a la perrita como otro miembro de la familia. Después
vino su vejez y la necesidad de dormirla por su condición física, produjo un duelo familiar doloroso y triste. La acompañé en su último suspiro y sobre esas baldosas de porcelana blanca en las que el veterinario le aplicó el eutanásico, rodaron muchas lágrimas de una sincera y sentida despedida.

Los animales son seres mágicos y su presencia, además de ser una responsabilidad es una fuente de alegría y de compañía para quienes los amamos. Respetarlos habla mucho de una persona y por ende, abandonarlos deja claro que falta camino por recorrer en la construcción de una sociedad. Y, aunque es claro que no a todas las personas les gustan los animales, maltratarlos o dejarlos abandonados a su suerte, no debería ser opción bajo ninguna circunstancia.

Después del duelo y de asegurar que jamás habría otro animal de compañía en casa, volvimos a caer en las garras de un peludo amarillo de orejas cortas que tenía algo de Labrador y algo de Golden Retriever al que llamamos Simón. Una nueva aventura que comenzó siendo propiedad familiar y muy pronto – al año y medio de vida- se convirtió en mi propiedad inseparable. Huraño, corpulento y nervioso, sufrió buena parte de su vida las consecuencias de un trauma en la cadera producto del golpe que recibió cuando – a los seis meses- un carro rojo lo arrolló sin siquiera parar. Y a pesar de que su movilidad era limitada, tuvo aliento para batir su cola y ladrar con fuerza hasta sus últimos días. Esta vez, tengo que admitirlo, el dolor de la despedida fue mayor, más profundo y duradero. Mientras el veterinario amorosamente le daba las gracias por su vida y le aplicaba el calmante previo al eutanásico, sentí que algo dentro de mí se desgarraba.

Cuando una persona toma la decisión de tener un animal de compañía en casa, no siempre comprende la dimensión de esa tarea y si su tiempo, sus ocupaciones, viajes, prioridades o lo que sea, comienza a interponerse en el propósito inicial, termina abandonando a su mascota. Y no es solo un acto despiadado dejar que el animal se defienda por sus propios medios, sino la forma en la que muchos llevan a cabo ese infame y premeditado crimen: paseos sin retorno, bolsas plásticas, correas amarradas a postes, bozales puestos. Actos de barbarie que hablan también de lo que una persona podría hacerle a un ser humano.

Poco a poco y con el paso de los años, se fueron sumando más nombres a la lista de mascotas que llegaron como regalo, adoptados o encontrados. Todos han tenido un espacio importante y han sido respetados y queridos como nos enseñó mi madre. Akanta, Peter, Cuco y Lulú, que viven ahora en el cielo de los animales en el que mi sobrino cree plenamente. Y quienes todavía nos  acompañan Akiles, Ópalo y Zeús, este último nuestro más reciente hallazgo después de dar un paseo por un terreno destapado, cuando el pobre ni siquiera había abierto los ojos. Ahora, dos meses más tarde, corre y ronronea por toda la casa como una señal de triunfo frente a lo que pudo ser uno más de la larga lista de cachorros abandonados que no logra sobrevivir. Trasnochos, leche de suplemento en jeringa, desvelos, bolsa de agua caliente en su cajita, han sido necesarios para darle a este ser de ojos azules (por ahora) una oportunidad, porque no fue su decisión estar en medio de un pastizal aquel domingo 18 de agosto en la mañana.

No fue fácil explicarle a mi sobrino de once años las razones por las cuales el cachorro – de aproximadamente 8 días de nacido- estaba solo en ese lugar. Hay quienes argumentan que la madre en ocasiones los rechaza y los deja abandonados; yo, creo en una versión diferente. Las lágrimas esta vez rodaron por las mejillas de un niño que no entendió cómo alguien pudo haber hecho algo semejante. Su llanto me estremeció el corazón y la explicación que su madre trató de darle, desagarró el suyo. “Si tiran bebés recién nacidos a la basura, que podemos esperar de lo que
hacen con un animal” le dijo. Es crudo y lamentable, pero es real.

A una sociedad que no respeta la vida de esos seres indefensos, dependientes y sintientes, le falta mucho aprendizaje. La cultura animalista apenas hace unos años va teniendo auge y tardará muchos más en convertirse en algo habitual. Sin embargo, vale la pena soñar con un futuro en que las nuevas generaciones tendrán un trato diferente para los animales de compañía. No es imposible pensar en la ciudad ideal sin perros en condición de calle, ni mascotas abandonadas. Holanda es ejemplo de ello y gracias a sus políticas de protección y altas multas, han eliminado totalmente los perros callejeros. No hace falta más que voluntad, gestión e iniciativas para que esa realidad se replique en nuestras ciudades.

Cada uno decide si ama o no los animales. Cada quien tiene derecho a sus gustos y preferencias, yo sigo desconfiando un poco de todo aquel que no disfrute la compañía desinteresada, la mirada sincera y la alegría genuina, de una mascota.

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Somos una institución de educación superior con proyección nacional e internacional, enfocada en formar profesionales emprendedores e innovadores. Estamos comprometidos con la calidad en la educación, buscando, continuamente, mejorar nuestros procesos desde la gestión académica y la investigación.
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