A partir de ayer 23 de enero de 2026, Estados Unidos dejó de ser formalmente miembro de la Organización Mundial de la Salud (OMS). La decisión, anticipada por la administración de Donald Trump desde el año pasado, marca un hito sin precedentes en la gobernanza sanitaria internacional y sumerge a la agencia de Naciones Unidas en una crisis operativa y financiera de dimensiones profundas.
La retirada del país norteamericano no es un asunto menor en términos contables. Washington ha sido, históricamente, el principal soporte económico de la organización, aportando aproximadamente el 18% del presupuesto global. Con este retiro, la OMS enfrenta un déficit inmediato que obligará a una reestructuración drástica.
Se estima que la agencia tendrá que prescindir de una cuarta parte de su plantilla para mediados de este año, también el equipo de alta dirección de la organización se reducirá a la mitad para ajustar los costos y decenas de campañas de salud pública, desde erradicación de enfermedades hasta programas de nutrición, sufrirán recortes presupuestarios en todos los continentes.
Aunque la salida es efectiva, Estados Unidos está sujeto a una normativa interna que le obliga a ponerse al día con el pago de todas sus tasas y cuotas pendientes antes de desvincularse totalmente del organismo.

